Continuando con sus relatos ubicados en el transfondo de un imperio
interestelar decadente y tiránico, Bolaños nos presenta un día en la
vida de un soldado interestelar y como sus pulsiones lo llevan a un
desenlace inevitable. La guerra como nos dice Bolaños envilece tanto
al opresor como al oprimido.
Lo esencial es difícil
de transcribir. Quizás por eso la campaña por la cual acababa de
atravesar se me aparecía como un amasijo indistinguible de padecimiento
y sangre.
Al inicio, las flotas rebelde e imperial se entrelazaron en dura pugna
en una esfera de varios días luz; los rociadores de espuma cuántica
habían sembrado de puntos con efecto Zero las posibles trayectorias de
las naves, para que se las tragasen y las hicieran estallar como mini
bang bangs creadores de universos de bolsillo, que luego colgarían como
racimos en nuestro vacío. Los resultados fueron óptimos para ambos
contendientes: fragmentos óseos, astillas metálicas, residuos plásticos,
nubecillas de nanocomponentes, gotas de fluidos o restos de otros
materiales, en general basura cósmica provocada por el enfrentamiento,
llenaba un radio de varias decenas de parsecs centrados en torno a un
par de objetivos que debíamos invadir. Con uno no ocurrió suceso alguno,
estaba vacío, pero el otro…
Un planeta entero había reaccionado contra las tropas y auxiliares
imperiales y disfrutó agotándonos, cazándonos, diezmándonos, hasta la
extenuación y retirada. Se rumoraba que algo similar aconteció en otro
cuadrante hacia algún tiempo, pero el intercambio entre bases de datos
arrojaba ubicaciones distintas o quizás habían sido varios los lugares
del suceso; en esa ocasión el mundo acometido levantó una especie de
cubierta protectora que no permitía ni ataques, ni espionaje o
incursiones (ver Inconquistable), que a la sazón no se había
instalado y permitía un flujo constante de huestes y suministros.
Creyendo que era una oportunidad, supuestos previsores, no abandonamos
la biosfera y seguimos inyectando masas de soldados, que se agotaban en
poco tiempo, para mantener esas ventanas de comunicación y flujo. Nos
aferramos a ese leve resultado, comprobamos que el planeta permitía un
mínimo de presencia, y como requeríamos huir para lamernos las heridas,
la rueda de la invasión permaneció girando con menor velocidad e
implicad@s, mientras pagábamos mediante una hemorragia horrorosa el
precio de la permanencia.
Algunos de los oficiales hasta hablaron de “maniobra tramposa” para
desgastarnos, que la flota rebelde sólo resistió lo suficiente para
empantanarnos y luego ante el enemigo fantasma que nos aniquilaba
persistíamos por la frustración de caer sin saber contra quien
luchábamos. Cuando arribamos a ese momento de reflexión frecuente entre
catástrofes, me encontraba entre los cuadros de recambio que
reingresábamos una y otra vez para que en las estadísticas contara como
operación larga y no como derrota.
Sin embargo, quienes conformábamos ese equipo más o menos permanente de
invasión, empezamos, a medida que se ampliaba el lapso de duración de
nuestra presencia, a sufrir una enfermedad extraña, “descatalogada”
hesitaban los del cuerpo médico, ya que según su plataforma informática
era una rara variante del hace evos desaparecido “síndrome de Sjöberg”
que afectaba por igual a ambos sexos, con alta probabilidad de ser
inducido por las nubes de microliquen que nos arrojaba la fronda, apenas
nos arrimábamos.
Al padecerla, las relaciones sexuales, si es que superábamos el horrible
impacto introductorio, devenían en una dolorosa tortura, tanto en la
penetración para varones como en la recepción para hembras, los penes
eritematosos, hinchados y semifláccidos y las vulvas —y anos—
blanduchas, escamosas y secas repletas de minilesiones nos empujaban a
evitar el coito, y los padecimientos nos hundían en profundas
depresiones. Además, los problemas psicológicos con la libido en
descenso mostraban una fuerte tendencia a salir a flote en los peores
momentos, agravando la ejecución de las misiones; parecía que la
bioquímica planetaria gozaba al crear una forma esquiva, ubicua y
potente, pero inmune a los esfuerzos de encontrarle cura, para
humillarnos. Se comprobó que alejados los infectados del entorno donde
se contagiaban remitía, así que la noria bélica empezó a arrojar nuevas
hornadas de “marauders” retirando a los afectados. Para mi, significó un
descanso bienvenido tras un período agotador.
No obstante, algo que no reseñaron los partes sanitarios fue que tras
desaparecer el malestar, priapismo y vulvitis lo sustituyeron, así que
cuando bajamos a la superficie de Tremont, que funcionaba como
plataforma de intercambio, íbamos cargados de deseos y fluidos,
encendidos cual artilugios energéticos, repletos de ansías primarias
listas a proyectarse. Por primera ocasión latía en mi la pasión erótica
y no el impulso fanático de lacerar y mutilar.
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PIR-202 / 18::18:
Hoy desembarcarán varios oficiales provenientes
de una campaña monitoreada. Identificarlos y ejecutar operación de
extracción, sustitución, disolución o domesticación acordes a las
características de los involucrados. Preparar equipos según lecturas de
los biosensores y proyecciones de los transpondedores empáticos
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Desde mi reclutamiento, cada momento que pasaba de vacaciones lo
dedicaba a planear y ejecutar asesinatos de mujeres, oculto en las
multitudes que colmaban por cortos períodos los destinos de asueto,
dejaba un auténtico reguero, la idea del “fugit hora” me acuciaba y
corría riesgos que se acumulaban; varios polizontes llegaron a sospechar
de nuestra unidad, pero con las variaciones de cuadrantes y el trasiego
de miles de grupos se olvidaban del seguimiento y las suspicacias
levantadas se extraviaban entre la masa de datos que vomitaban las IA,
además para la guerra ese dato no era crucial y lo traspapelaban y
vuelta a empezar en la próxima bajada
Mientras deambulaba en el espaciopuerto, aunque vibro una intuición en
el borde la conciencia, decidí sin embargo no romper mi hoja de ruta,
con eficiente olfato ubique a los abastecedores de horrores urbanos, y
tras un contacto que borrara las suspicacias y demostrara mi limpidez de
motivos me trasladaron a un lugar donde se llevaban a cabo
descuartizamientos y fragmentaciones.
En Tremont se acostumbraba atrapar muchachitas en flor, de escasos
recursos (concepto siempre problemático en sociedades donde el límite
para ser miserable es casi imposible de alcanzar) o mejor de escasa
resonancia mediática, adolescentes solitarias o recién arribadas de las
remesas de clones descriogenizados que los colonos dejaban como huellas
suyas por donde pasaban las megaestatocolectoras, y cuya desaparición
apenas si levantaría revuelo, las soltaban en un anfiteatro con suelo de
esponja y arena, y abrían las jaulas de bestias predadoras que
desencadenaban una orgía sanguinolenta.
Uno, sentado en las graderías, mientras las salpicaduras y trozos
trazaban geometrías delirantes en el suelo y las paredes, y se olfateaba
el aroma férrico de la hemoglobina en el aire, gozaba adivinando cuales
sentipensaban su postrer día, jugábamos con la seguridad que varias de
las descuartizadas no poseían cuerpos de recambio y su desvanecimiento
de la realidad atómica sería definitivo; para el virtual bastaba que
“alguien” (IA enloquecidas o paranoicas) se introdujera en el sistema y
eliminara los vestigios que permitieran constatar su preexistencia
objetiva. El precio para participar en el espectáculo no era barato y
por eso tenía que elegir con acierto el nivel del entretenimiento y la
escala de despliegue, para enervarme lúcido, mientras en simultánea
artimaña elevaba mi psiquis a la dimensión requerida para predisponerme
a liquidar sin riesgo y en el menor período a un puñado de víctimas
propias, de preferencia mujeres con sobrepeso, nínfulas y adolescentes
prioritarias, pero sin despreciar otras clasificaciones.
Cuando brote de la cúpula de esparcimiento traía una erección feroz
disimulada por mi túnica, y buscaba entre la muchedumbre aquella que
sirviera para aminorarla, casi de inmediato vislumbré un rostro que me
provocó una sensación de “deja vu” acompañado de un altivo tafanario
musculoso, esférico, tan bello que se aproximaba a una declaratoria de
beligerancia, ella vestía un musgo transparente que trazaba obediente y
aleatorio figuras de aves y flores sobre su piel, excepto en donde los
volúmenes se imponían. Me deslicé detrás y pronto fue un jugueteo de
miradas que fingían apartarse al tropezarse, mohines que buscaban
enervar fingiendo estar dedicados a las ristras de jebecillos que
colgaban de los tenderetes, de los collares de piedras semipreciosas, de
las máscaras emplumadas, de los minimódulos comprimidos, de
servomecanismos empaquetados, de los parche-software, de los nanodiseños
enresortados, de ocelos multifacetados, de cortezas talladas, de
juguetes ornamentados, con destreza eludía los nudos densos de cuerpos y
se escurría entre las multitudes de ejemplares de diversas especies que
constelaban el inmenso mercado que palpitaba y se derramaba en/por la
colosal plaza (en una placa móvil que trepaba por minaretes, terrazas,
columnas y domos y luego se expandía en globos se anunciaba su nombre:
Frank Paul, sabía que si consultaba mis memorias adicionales sabría de
quien se trataba, pero estaba ya obsesionado e interesado con
profundidad en las esquivas posaderas que apremiaba entre el gentío).
Era hábil y eso que en cualquier otro momento habría gatillado la
cautela sólo sirvió para enfebrecerme, por su espalda se deslizaban las
gotas de sudor que el esfuerzo provocaba y me solazaba pensando que
pronto cataría su sal, suponía que por la velocidad de su desplazamiento
pronto estaría agotada; sin embargo, si aceleraba creyendo que podría
tocarla, sin denuedo artificioso se mantenía a igual distancia
demostrando que sus fibras musculares estaban entrenados, también para
ese instante los giros me habían despistado y tenía que recurrir a mi
muñequera para pedirle datos de ubicación, cada vez pautados por
períodos más largos de extravío, giraba y giraba en un remolino cuyo ojo
pulsaba sobre esas soberbias ancas que me precedían, extravié el esmero
con que debía orientarme y terminé por obnubilarme. Su cuerpo brillaba y
era a cada ciclo trazado en la aglomeración más atrayente, los pájaros y
las flores cruzaban por su dermis raudos y excitantes, los picos
parecían hundirse en los cálices en una cópula enervante; nos embutimos
en una zona plagada de vociferantes vendedores y donde las superficies
estaban cubiertas de tal manera por las rumas y concentraciones de
mercancías que los estrechos pasillos apenas si permitían transitar a un
ser.
El deseo palpitó en mi garganta, se entumeció en mi falo, exudo por mis
poros, la perdía con frecuencia y siempre algo o alguien que mi mente
pretendía se reiteraba desde el espaciopuerto, se cruzaba. Ora era un
“cuerudo” marrón coronado de cuernos, ya un fatigoso bunbeyano de 400
kilos, un espigado otaltillo de celestes y delgados brazos, un esférico
zano cubierto de manitos, un amblano que movía rítmico cada mitad en
torno a su punto de ensamblaje, me exasperé y terminé por empujar,
apartar, codear, arrollar, lo que fuera, para mantenerme a su zaga,
apesadumbrado admití que apenas si la vislumbraba lo suficiente en mi
visión periférica para doblar en ángulo o voltear alrededor de una pila
informe de vegetales o de cestas de gusanos, la consternación se emplazó
en mi pecho, perdí el control y corrí, derribé y pisotee, pero por fin
allí, al fondo penumbroso de un pasillo, temblorosos, apetitosos,
relucientes trepidaban temblorosos sus glúteos, me lanzó una mirada
abrasadora y abrió una puertecilla, en un sitio donde mi sensor de
topología descriptiva no consideraba posible que concurrieran áreas
encerradas, aunque el dato aleteó al fondo de mi consciencia lo esquivé
y me precipité logrando meter el pie en el dintel y evitar que se
cerrara, me introduje, me lancé a la oscuridad y… caí.
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PIR-202 / 20::20:
Formación del Equipo Extractor destinado al oficial Ripper:
-
Humana con
estructura ósea adecuada, contornos apropiados y perfil emocional
correspondiente, pariente en primer grado de una de sus víctimas
anteriores, para anclar la imagen de reclamo
-
Cuerudo, sus
cuernos sueltan escamillas que siembran ideas obsesivas cuando la
situación mental lo permite
-
Bumbeyano, su sudor
aturdidor produce ruptura temporal, en especial cuando tocas su piel
-
Otaltillo, el
movimiento oscilante de sus largos brazos es un tranquilizante
neuronal, que disuelve alertas
-
Zano, exhalador de
feromonas aturdidoras y/o enervadoras
-
Amblano, emisor de
ondas distorsionadoras de orientación espacial
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Todo posee un límite, y alcancé el mío en ese momento de epifanía
anterior a la caída, cuando creí que la tendría jugosa a mi alcance,
primero para penetrarla y luego para tasajearla. Ahora, mientras las
jaulas del anfiteatro (similar o quizás el mismo de los desmembramientos
anteriores contemplados) se abren y los monstruos ¿pilgors?, ¿rancors?,
se precipitan sobre mi, lanzo al vuelo antes de los mordiscos y jalones
mi postrer imagen (y no es tanática) consagrada al tremendo nalgatorio
que me cautivó y atrajo a mi ordalía.
©
Luis Bolaños, 2009
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